sábado, 17 de marzo de 2012

¿Por qué el aprendizaje no se puede medir?

Piense por un momento en lo que puede medir con cierto grado de certeza. Quizás está pensando en los kilómetros de una ciudad a otra, o su estatura. Puede ser su masa corporal, o la velocidad con la que conduce un vehículo. Lo que usted hace cuando mide es relacionar una entidad física con otra entidad física de referencia. Ambas entidades son materiales, y usted puede ver que ocupan un lugar en el espacio. 

¿Qué ocurre con las entidades abstractas? Tomemos un ejemplo: la inflación. ¿Cómo se habla de la inflación? En general, con un número, una “medida.” En la televisión podrán decirle que el IPC de tal o cual mes llegó a tal o cuál porcentaje. Es una medida de la inflación. Lo que viene después es la construcción de la inflación como un enemigo. “Hay que atacar la inflación” podrá escuchar de algún político o economista experto. Hablamos de la inflación como si fuese algo concreto, algo material y no una abstracción. Ello es posible gracias a que, como humanos, contamos con mecanismos cognitivos que nos permiten crear similitudes entre entidades concretas y abstractas. De otra forma, sería difícil comunicarnos.
Sin embargo, crear la similitud entre una entidad abstracta y una entidad concreta, o material, no significa que la entidad abstracta sea análoga a la entidad material. De hecho, el ejercicio cognitivo tiene sus limitaciones y por ello se crean diferentes similitudes concretas para una misma abstracción. Por ejemplo, además de construir la inflación como “enemiga” podría construirse como una entidad a “reducir” y la inflación, como abstracción, adquiriría otro significado. Es en base a esas limitaciones que las abstracciones son entendidas con un variado número de similitudes con entidades materiales, las cuáles amplían el grado de comprensión de nuestras ideas.

Ahora bien, el aprendizaje en sí mismo es una idea. No es una entidad material, es una entidad abstracta. La forma con la que se comprende el aprendizaje ha pasado por varias etapas históricas, y toda visión del aprendizaje requiere la proyección de similitudes entre éste y entidades materiales. Así, se habla de que las personas aprenden cuando muestran ciertos comportamientos específicos, o cuando son capaces de participar en ciertas comunidades. Uno de los grandes logros de la ciencia cognitiva en las últimas décadas ha sido la vinculación multidisciplinaria para describir el aprendizaje. Así también, se han establecido campos de estudio relacionados a formas de comprensión de nuestro entorno cultural, en particular el lenguaje, que proponen mecanismos a la vez complejos y abiertos que explican cómo aprendemos. No solo la ciencia cognitiva ha aportado lo suyo a la comprensión de lo que significa aprender, la escuela de estudios socioculturales ha hecho lo propio, buscando en gran medida la raíz de la significación de nuestras relaciones sociales en la formación de lo que pensamos y sabemos.

Las teorías del aprendizaje se basan en la relación que se establece entre nuestra mente y lo que uno hace y expresa.  Ninguna teoría es completa por sí misma, y por ello cuesta tanto adoptar una visión purista del aprendizaje. Si el aprendizaje en sí mismo es una abstracción, y ésta no tiene una visión única, difícilmente se pueden establecer comparaciones para realizar una “medida” del aprendizaje.  A lo más, y con suma generosidad, se podrá establecer una medida de un comportamiento visible, al cual se le atribuye teóricamente cierta cualidad limitada de aprendizaje. Pero hacer eso sería juzgar el aprendizaje de una persona como se juzgaría la calidad de una obra arquitectónica completa basándose únicamente en el ancho de sus ventanas. Algo a todas luces muy limitado.

A pesar de esta clara limitación, la idea de que el aprendizaje se puede medir tiene un arraigo muy fuerte entre los políticos y parte importante de la academia educativa. La evidencia de ello es la sobrevaloración de los resultados en pruebas estandarizadas como PISA, SIMCE, TIMMS, PSU y ahora INICIA (o el nombre que vaya a tener). No se trata de desmerecer la información que entregan las pruebas estandarizadas, pero sí de reconocer que no existe una visión única sobre el aprendizaje, y por lo tanto juzgar la calidad de la educación basándose únicamente en estas medidas limitadas es peligroso como política pública. Es a la vez limitante en cuanto reduce el proceso de enseñanza y aprendizaje a un mero comportamiento, relegando a la marginalidad un sinnúmero de demandas que se imponen a la institucionalidad educativa. Por ello, tenga cuidado cuando le digan que el aprendizaje se puede medir. Ello es una ilusión.

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