miércoles, 13 de marzo de 2013

El genocidio desconocido


En julio del 2010 tenía que elegir ramos para el magíster que cursaba en la Universidad de Sydney y me encontré con que el único que dictaba la facultad de Historia (mi especialidad) se llamaba “Genocidio desde una perspectiva global”. No quería tomarlo; me imaginaba, como la mayoría, que sería acerca de los nazis, campos de concentración y horrores de ese tipo, pero me resigné. Debo decir que no fue lo que esperaba. Si bien el tema era muy sensible, aprendí que era mucho más de lo que creía y mucho más rico en términos históricos de lo que pensaba.
De vuelta en Chile, quise compartir algo de lo que aprendí y abrir el debate en torno a un concepto que, al menos en esta parte del mundo, genera emociones, sentimientos, muchos errores y poca profundidad en la reflexión.  Muchas veces escuchamos esta palabra, atribuyéndosela a diversos casos, pero más especialmente cuando algunos hacen referencia a lo vivido por nuestro país durante la dictadura. Sin embargo, la mayor parte de las veces se utiliza vagamente, sin tener fundamentos o explicitar claramente el porqué de su uso en este caso o en otros.
El origen del concepto genocidio lo encontramos en la obra del jurista polaco Raphael Lemkin, uno de esos héroes desconocidos de la historia, un hombre que huyó de Europa y comenzó una verdadera cruzada personal para dar a conocer, a partir de los datos que había recabado, lo que ocurría en el Imperio del Eje y los crímenes que se cometían contra diversos grupos humanos. De allí surgió su libro, El Dominio del Eje en la Europa Ocupada, en cuyo segundo capítulo acuñó el concepto y lo explicó, señalándolo como un proceso que incluía no sólo las matanzas de grupos étnicos, nacionales y religiosos, sino también como la destrucción de la cultura de éstos, de su esencia, su espíritu. Luego, hacia fines de la Segunda Guerra, logró más apoyo y la recién creada ONU promulgó la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, en 1948.  Pero el texto final de esta Convención delimitó el crimen, señalando que, jurídicamente hablando, el genocidio es “cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal.” Esta breve oración surgió de un debate acalorado, que finalmente dejó fuera a los grupos políticos y también a la destrucción cultural, estableciendo exclusivamente el daño o exterminio físico como delitos. La controversia respecto de esta Convención continúa hasta hoy, tanto entre juristas como entre quienes estudian este fenómeno en el ámbito académico.
A partir de 1970, algunos académicos comenzaron a estudiar este fenómeno desde diversas perspectivas; sociólogos, historiadores, juristas, antropólogos, sicólogos sociales; iniciaron un camino de análisis, reflexión y diálogo que los llevó a intentar dilucidar las posibles causas de estos violentos procesos, como forma de ayudar a la tarea de la prevención. Uno de los escollos más importantes para ellos y ellas fue diferenciarse de otra área de estudios más antigua y relacionada, los estudios sobre el Holocausto. Por otro lado, un concepto que se había vuelto tan polémico y que era usado como arma política en plena Guerra Fría, ¿podía ser abordado para la seria investigación científica? Algunos creyeron que era posible, autores como Helen Fein, Leo Kuper e Irving Horowitz iniciaron el estudio de este tema, con obras que lograron entusiasmar a otros académicos y ampliaron los casos de estudio más allá del Holocausto, incluyendo el caso armenio y los desastres postcoloniales posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Hacia la década de 1980, se había cristalizado una comunidad intelectual unida que desarrollará las primeras conferencias internacionales y que creará institutos especializados para el estudio de este campo. Los nefastos sucesos de los ’90 en Ruanda y Yugoslavia pondrán en evidencia que estos procesos no eran sólo cosa del pasado, y también dividirán a esta comunidad entre quienes tomarán una posición más activista y quienes seguirán la senda de la investigación.
Hoy existen dos asociaciones de académicos que estudian este campo: la International Organization of Genocide Scholars y la International Network of Genocide Scholars; cuatro revistas especializadas, tres en inglés y una en español (Journal of Genocide Research, Journal of Genocide Studies and Prevention, Holocaust and Genocide Studies, Revista de Estudios sobre Genocidio); cientos de institutos y programas de estudios sobre este tema en diversas universidades. Además, existen muchas ONGs dedicadas al tema, como Preventgenocide.org y Genocidewatch.org, por mencionar algunas. No obstante, en América Latina prácticamente no existe el estudio de este campo. La excepción la constituye el programa de estudios sobre genocidio de la Universidad Tres de Febrero en Argentina, gracias al trabajo del sociólogo Daniel Feierstein (personaje bastante polémico), dedicado entre otras cosas a traducir al español algunos de los libros de la década de 1970 (ni siquiera el libro de Lemkin se encuentra disponible aún).
Creo que nuestras sociedades latinoamericanas y sus experiencias podrían aportar muchísimo al estudio de este fenómeno y, a su vez, los debates y reflexiones sobre estas experiencias podrían enriquecerse con una mirada más global como la que aporta el estudio de este campo. Así, la próxima vez que usemos la palabra que empieza con “g”, tendremos más elementos para fundamentar o rebatir su pertinencia y, tal vez, podamos ayudar a prevenir futuros genocidios.

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