miércoles, 10 de julio de 2013

Pinochet y el mal radical en las escuelas de Chile

No es posible pensar que una sociedad ha sido salvada si convive en el proceso de su refundación con el mal radical. A eso no es posible llamarlo ‘democracia’ y menos, a quienes la dirigen, ‘gobernantes’. Sin embargo, Chile vivió una experiencia de mal radical, hace ya 40 años, y hubo quienes nombraron a eso ‘democracia’ o a quien la dirigía ‘Presidente de la República’. Es más, hubo quienes en el uso óptimo de su racionalidad escribieron una Constitución (llamándola así ‘Constitución’), diseñaron un nuevo orden socioeconómico y delinearon con sus propios términos un nuevo orden moral, aunque mientras tanto —lo enfatizo— convivían con el mal radical.
Este mal radical no puede ser pensado como un ‘anexo’ de la dictadura de Pinochet, sino como una condición absoluta y necesaria para que el nuevo orden fuese precisamente eso, un nuevo orden: no es el poder de la dictadura el que configuró todo desde cero, sino su violencia. El poder es a la política, como la violencia al mal radical; y en esa dictadura lo que hubo fue ausencia y negación de Política.
Hace un par de semanas el periodista Mauricio Weibel liberó una serie de antecedentes sobre la dictadura vinculados al mundo escolar francamente impactantes. Nos hablan de que también en escuelas y liceos se justificó de múltiples formas y figuras la presencia de la dictadura. Dónde la novedad, es lo que puede preguntar un desprevenido, si resulta del todo obvio y normal que una dictadura —si es tal— controle a todos los individuos y a todas las instituciones ¿Es que la escuela es una especie de lugar sagrado que no puede ser profanado por la infame violencia de una dictadura?
Resulta del todo evidente que este personaje desprevenido o confunde un correcto Estado de derecho con uno de excepción dictatorial, o justifica (lo que lo haría un cínico) desde una mentalidad absoluta y fundamentalista lo injustificable, o simplemente ha configurado como normal algo que nunca puede ser considerado como tal. En cualquiera de los tres casos, si alguien cree normal que la escuela no es un lugar sagrado ante una dictadura como la de Pinochet, eso no es sino expresión —consecuencia— del mal radical que se instaló en Chile como fundamento del nuevo orden —insisto— social, económico, cultural y a la postre moral y político.
Mauricio Weibel lo que ha hecho es inaugurar, o mejor dicho, despertar un pensamiento que debe ser tomado en serio hoy a 40 años del Golpe Militar en Chile: a saber, que la escuela, que el mundo y el espacio vital de profesores y estudiantes, también fueron sometidos e instrumentalizados por el mal radical de la dictadura de Pinochet. Lo que ha revelado Weibel no se trata simplemente de aquello que ya todos conocemos y es prácticamente parte de la nueva conciencia histórica de toda una generación de jóvenes, que la dictadura transformó al sistema educativo en uno de corte neoliberal condenando a miles de familias al marasmo de la mala educación; no, se trata más bien de algo nuevo e inquietante: se trata de la dictadura adentro de las escuelas espiando a estudiantes y a profesores, se trata de más de 30 mil archivos que van desde el año 1982 al año 1988, se trata de apoderados o de docentes que delatan a otros chilenos en sendas cartas enviadas al mismo Pinochet, se trata del intento de formar la conciencia de miles de jóvenes en los contenidos afines al régimen, se trata de que el Ministerio de Educación tenía una Oficina de Seguridad que se comunicaba directa y diariamente con la Central Nacional de Informaciones (CNI) a través de memorándums ‘informativos’, se trata al fin de una coordinación inteligente, racional, sistemática y metódica sobre la base del mal radical que sustentó todo el quehacer vital de la dictadura —ahora, eso sí— dentro de las escuelas, dentro las aulas y lo que es más inquietante dentro de las conciencias de miles de jóvenes. Es el mal radical hecho cuerpo, encarnado, en miles de decisiones de individuos que convencidos fueron capaces hasta de rasgar el velo de lo sagrado y penetrar lo impenetrable… no es menor.

EL MAL RADICAL

Richard J. Bernstein es tal vez uno de los filósofos que mejor ha pensado el mal radical en todas sus consecuencias. Investigando a tradiciones filosóficas que van desde Kant hasta Hannah Arendt ha llegado a una formulación simple y aterradora: el mal radical es hacer que los seres humanos sean superfluos como tales. Fue Kant quien introdujo el concepto de mal radical, es cierto, pero es en el siglo XX, cuando estallan los totalitarismos, cuando mejor comprendemos sus consecuencias y sus procesos de instalación. ¿Cómo es posible ‘hacer que los seres humanos sean superfluos como tales’? “Esto sucede —dice Bernstein— apenas se elimina toda impredecibilidad, que en los seres humanos equivale a la espontaneidad”. El primer paso esencial es matar lo que el hombre tiene como persona jurídica; el segundo, es el asesinato de lo que el hombre tiene como persona moral; pero es en el tercer paso cuando nos encontramos cara a cara con la esencia del mal radical. Para explicarlo Bernstein cita a la extraordinaria Hannah Arendt, “después del asesinato de la persona moral y la aniquilación de la persona jurídica, la destrucción de la individualidad casi siempre tiene éxito […] porque destruir la individualidad es destruir la espontaneidad, el poder del hombre para comenzar algo nuevo a partir de sus propios recursos”.
Si la dictadura pudo hacer todo lo que hizo fue sobre la base de un mal radical que instaló no sólo territorial o institucionalmente, sino también generacionalmente en las conciencias, en los discursos, en sus justificaciones y argumentos racionales. Es lo que inquieta. Con ella, con la dictadura, descubrimos que en Chile también fue posible un proceso de esa naturaleza donde la violencia se disfrazó de una fría racionalidad cuyas expresiones tal vez más banales (enfatizo este tal vez) son esas cientos o miles de cartas delatoras de chilenos o chilenas contra un otro al que tal vez (lo digo de nuevo) lo habían despojado de su persona jurídica, moral y creadora. ¿Es que podemos considerar a cierto tipo de banalidades como expresiones del mal radical? Absolutamente, y quién sabe sino su peor expresión. El mal radical —banalizado— es lo peor que le puede suceder a una sociedad. La misma Hannah Arendt habló de esa banalidad y es lo que queremos enfatizar. La banalidad del mal es la peor expresión del mal radical porque tiene como agentes a ciudadanos “espantosamente” normales, ciudadanos que sin ser monstruos realizaron hechos profundamente monstruosos al entregarse por completo a la “ley del dictador”. La pregunta es evidente y la pido prestada a Arendt: ¿cómo una persona corriente y normal, que no es ni un imbécil ni un adoctrinado ni un cínico puede ser absolutamente incapaz de distinguir el bien del mal? Tal vez el más espinoso problema moral del Chile de la dictadura sea el “absoluto colapso moral” de “la gente corriente y respetable”. No hablo de los “civiles de la dictadura”, esos prohombres que gobernaron desde los ministerios o La Moneda, hablo más bien de una categoría menor de civiles, hablo de la gente común y silvestre responsable de un sinnúmero de banalidades que hicieron del mal algo también común y silvestre. Espantosamente común.
¿Fue posible esto en Chile, fue posible desde el lugar donde se aprende lo más noble que la tradición y el saber le pueden entregar a otro hombre, fue posible desde el espacio escolar? Pues, las fuentes de Weibel que van desde el 82 hasta el 88 dicen que sí. Pero ¿es posible que lo que relata Wiebel hubiese sido practicado desde antes del 82 en Chile, eso de que había delatores o de que se formaba a cuadros generacionales infanto-juveniles leales a las justificaciones de la dictadura y su mal radical? Creo que la respuesta es completamente inequívoca y nos debiese dar que pensar. Voy a dar sólo 3 ejemplos de antes de 1982.

LA DELACIÓN

En Octubre del año 1973 la directora de la Escuela Normal de La Reina Sra. Olga Rivas estaba indignada con el profesor de Educación Cívica Franklin Troncoso. Tan indignada que le escribe una carta al subdirector interino de la Reina en la que “comunica situación que afecta a profesor del establecimiento”. En ella la profesora relata que el profesor “se ha permitido expresar a los alumnos del curso[…] una ola de rumores destinados a crear una falsa imagen de las FUERZAS ARMADAS y del CUERPO DE CARABINEROS DE CHILE”. Este profesor relató al curso que él “había tenido la oportunidad de presenciar en un Cuartel de Carabineros […] el trato implacable para los prisioneros de la U.P., donde el personal uniformado los pisoteaba en el suelo fracturando sus miembros, aparte de otras atrocidades”. Agrega la Directora en su carta delatora que “ante tales aseveraciones, alumnas de tendencia de izquierda estallaron en llanto, mientras otros de ideas democráticas se retiraron de la sala de clases rechazando de plano tales juicios”. No satisfecha con ello aún, la Directora remata que ese tipo de situaciones en contra del Supremo Gobierno “no es posible tolerarlas, porque las estimo de suma gravedad, para el momento de transición que vive nuestro querido Chile, me siento con el deber de comunicarla a Ud. dada su calidad de Primera Autoridad de Gobierno Interior de la Comuna, para los fines que estime convenientes”. Esta carta fue remitida al ministro de Educación, Almirante José Navarro Tobar, quien luego de subrayar lo más relevante de la delación escribió en ella: “Conveniente pase a Inteligencia Militar”.
Usted puede ver este documento que se adjunta, así como el siguiente, no precisamente de una Directora contra su profesor, sino la de un dirigente sindical contra su sindicato. Se trata de una carta dirigida al mismo Ministro de Educación Navarro Tobar fechada el 13 de Septiembre de 1973 en la que el Consejero del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (SUTE) Profesor Hernán Briones Toledo, luego de manifestar su “más absoluta adhesión a los postulados que inspira la acción de la Junta Militar” y de señalar su incondicional colaboración, se permite informar algunos puntos que imponen, según su criterio, “drásticas investigaciones y severas medidas”. Los detalla: “sumarios por acción proselitista y no pedagógica de algunos profesores; investigación sobre programas que no se cumplen por criterios políticos de profesores marxistas[…]excesivas permisiones a los alumnos en el aspecto disciplinario[…]severa auditoria del SUTE; politización excesiva de la acción del SUTE, etc.”. Finalmente, remata la carta afirmando: “Me consideraré afortunado de contribuir con mi colaboración en sus afanes patrióticos”.
La banalidad con la que están escritas ambas cartas me abruma. Abruma a cualquiera supongo. Me intriga ese “etc.” con el que termina el sindicalista, qué querrá decir con ello, qué se incluirá en ello, cuánto mal y cuánta banalidad en ello. Al fin ambos delatores lo que están haciendo es cumplir con su deber: burócratas de escritorio dentro de una gigantesca máquina burocrática de la muerte.
Mauricio Weibel cuenta que también descubrió en esos miles de archivos documentos que hacían referencia a cursos masivos desde el año 1982 para jóvenes de origen popular o para hijos de funcionarios de alto rango, jóvenes de todo Chile, cursos que no eran sino verdadera formación de cuadros leales a la dictadura. Mil jóvenes en el 82, setecientos en el 83, que asistían atentos a charlas de Chadwick o Melero, hoy prohombres de la UDI, o a sendas arengas al cierre de las jornadas de la mismísima Lucía Hiriart de Pinochet.
En realidad dichos cursos masivos habían comenzado ya varios años antes. A mi los que me gusta destacar son los del año 1976. Ese año fue especial por muchos acontecimientos, no sólo por el XVII Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar por cierto, que importante fue porque se utilizó descaradamente a favor de la Junta, sino porque ese año, un mes antes del Festival, se escribió la más importante columna de opinión de todo el periodo de la Dictadura, un texto que se atrevió a desafiar directamente la estrafalaria intervención militar en la Universidad de Chile, un texto valiente, lleno de coraje, de determinación, escrito por Jorge Millas, intelectual único en la historia de nuestro país.
En 1976, a todo ese proceso de formación de conciencias jóvenes, se le llamaba derechamente “Frente Juvenil”; con la chapa de “Capacitación de la juventud en la ayuda social” o de “Integración de la juventud” se aprovechaba el momento para la concientización adoctrinadora. Ese año fue top, asistieron a dar charlas nada más y nada menos que César Antonio Santis y Antonio Vodanovic; pero como es obvio, no pudieron faltar ni Jaime Guzmán, ni Manfredo Mayol, ni Luis Cordero, menos quien figuraba como el coordinador destacado del Frente Juvenil de Unidad Nacional, Javier Leturia, el famoso presidente gremialista de la FEUC del año 1973.
El campamento de formación del “Frente Juvenil” se hizo en Lampa a fines de Febrero, asistieron 800 jóvenes de todo el país de entre 18 y 30 años. Duró unos 5 días bajo el lema “Fe-Patria-Juventud”, hubo todo tipo de actividades donde además de destacar las charlas de adoctrinamiento, la última noche se realizó lo que llamaron cine-foro donde se exhibió una película filmada en Julio de 1976 en el Cerro Chacarilla, según informó la prensa (¿Es que hubo más de una Chacarilla?). El campamento terminaría al día siguiente con un juramento memorable. A eso del mediodía se ordenó a todos los jóvenes agruparse para la ceremonia de cierre en torno a una cruz de unos tres metros y una bandera nacional que fue izada al son del himno patrio. Mientras se agrupaban entorno, aparecía un inmenso helicóptero a ojos de los jóvenes, era el general Pinochet que llegaba desde las alturas. Los jóvenes, ya antes de descender, lo aplaudieron con entusiasmo.
Los organizadores tenían todo preparado para agraciar al general en su visita. Pero nunca pensaron que presenciarían algo único y extraordinario. Los 800 jóvenes, hombres y mujeres, hablando en coro juraron comprometerse y ser fieles a los principios que inspiraron el 11 de septiembre, terminando con un gran ¡Viva Chile! Ante ello, Pinochet se emocionó. Con voz quebrada dijo “como Presidente de la República recojo la promesa, llena de ilusión y de valor […] ello demuestra que los chilenos comprenden que el peligro comunista no ha pasado, y que el imperialismo soviético[…]jamás descansará mientras vea alzarse aquí una luz que les recuerda su mayor derrota”.
Pinochet, todavía visiblemente emocionado, al terminar la ceremonia decide recorrer todo el campamento. Durante todo ese recorrido caminó rodeado de jóvenes que gritaban sin cesar ¡Pinochet! ¡Pinochet! ¡Pinochet! Cuando llegó a los campamentos femeninos, las jóvenes le bloquearon el paso, lo abrazaron y besaron en las mejillas —y relata El Mercurio— “el Jefe de Estado se veía emocionado por tales demostraciones de afecto”… dejó caer una lágrima, agregó apócrifo y descreído. Guasón.
Mauricio Weibel nos ha retrotraído pues, no sólo a un tiempo que hoy cumple 40 años, sino al sinuoso imaginario de aquellos años, haciéndonos pensar que el mal radical fue tan banal como unas cartas delatoras o como las lágrimas del dictador.
En 1976 el Festival de Viña estuvo a punto de fracasar en su rol de hacernos creer que vivíamos en completa normalidad. Junto a Pelusa Thiemann animaba el incombustible Antonio Vodanovic y la orquesta la dirigía, era que no, Horacio Saavedra. El certamen sería transmitido por Televisión Nacional y Radio Cooperativa, pero ante tan mala programación, después de la primera noche, TVN decide no transmitirlo. Se hizo de todo para reanimarlo y para que TVN cambiara su decisión. La segunda noche asistió el General Mendoza y la tercera el Almirante José Toribio Medina. De pronto, por arte de magia, se anuncia un gran número para la noche final que actuaría de forma totalmente gratuita. No había espacio para ninguna suspicacia por cierto. Cantaría Manolo Galván y fue el mismo Augusto Pinochet quien asistió al palco principal con su mujer Lucia Hiriart. Se le vitoreó, digamos, en vivo; se cantó el himno nacional dos veces y Pinochet fue fotografiado en su noche triunfal junto a Manolo Galván de pie, alzando una flor.
La pregunta hoy es evidente y me permito repetirla ¿cómo una persona corriente y normal, que no es ni un imbécil ni un adoctrinado ni un cínico puede ser absolutamente incapaz de distinguir el bien del mal? Tal vez es una pregunta solo para el hoy. Mejor en esa época era tal vez ir al cine. Paul Newman y Steve McQueen estaban en cartelera en salas nacionales… sí, se proyectaba Infierno en la Torre.

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